Los lectores preguntan a Eduardo Punset
¿Cómo funciona la memoria?
Rosario Segura.
Quisiera que se dejaran llevar conmigo en la exploración de algunas de las desventuras por las que están pasando los encargados de explicarnos cómo funciona la mente. Hemos aprendido antes a asustarnos por el elevado porcentaje de enfermedades mentales que vaticinan los expertos en los próximos años que a saber cómo funciona la mente. Cómo funciona, como veremos, de mal.
Primero, es preciso admitir que te puedes fiar de la memoria cuando se trata de recordar los grandes trazos de una historia, pero de ningún modo cuando se pretende profundizar en el conocimiento de las cosas y medir con precisión lo ocurrido. La mente y, muy particularmente, la memoria no funcionan como un ordenador con sus archivos para cada cosa. No sabemos dónde archivar las experiencias en la memoria. Cuando queremos recordar algo, resulta que no está en ninguna parte; o está en todas. Aparece de pronto y basta.Como le digo yo, medio en broma, medio en serio, al amigo cuyo nombre se me acaba de escapar del recuerdo: «Lo siento, pero todos los nombres están arrejuntados en este lado del cerebro y a veces baja Jaime en lugar de Ernesto o no baja ninguno». Profesionales muy serios de la psicología y neurología se están cuestionando por ello seriamente la validez de lo que cuentan los testigos en los juicios. Si los jueces conocieran los mecanismos de la memoria como los conocen los neurólogos, dejarían de llamar a los testigos porque sabrían que no pueden fiarse de sus testimonios.La realidad es que los psicólogos califican el sistema de archivo de la memoria –si se puede llamar `sistema´ a lo que tenemos para recordar el pasado–, de `contextual´. En otras palabras, es el contexto en el que se produjo el hecho vivido, la llave del recuerdo que sirve de pista o recordatorio.
En el verano de 2007, me encontraba en Londres finalizando los últimos retoques de El viaje al amor, el segundo libro de mi trilogía. Ajenos los terroristas islamistas a mis reflexiones amorosas, cometieron unos atentados criminales en el Metro que causaron numerosos muertos. Estaba tan absorto analizando la documentación disponible sobre el libro que no tenía tiempo ni para poner la televisión o salir a comprar el periódico. Tuvieron que transcurrir varias horas desde el atentado para que yo me enterara de aquella tragedia mediante la llamada de amigos y familiares desde España que se interesaban –¡ante mi sorpresa!– por mi estado de salud. –¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo? ¿No estabas cerca del Metro? –me preguntaban.Cuando puse la televisión, pude contemplar la riada humana que volvía a casa andando sin utilizar el famoso Metro de Londres.
Mi memoria –`contextual´, desde luego– no olvidaría jamás aquellas imágenes ni aquel recuerdo. La alarma sellada en los rostros de la gente de la calle y, al mismo tiempo, la convicción que emanaba de ellos de que los terroristas no conseguirían cambiar el rumbo de la vida británica. El contexto es lo que cuenta y cuanto más llamativo, mejor.Tan es así que ya hemos aprendido los trucos para no perder, en promedio, una hora al día buscando las llaves o pensando dónde dejamos el móvil. Como me recordaba este mismo mes el neurólogo de la Universidad de Harvard Álvaro Pascual Leone, tenemos que recurrir a trucos como los minuciosos listados de los comandantes antes de despegar el avión, el de repetir sin cesar los días o los lugares –son verdaderos escondrijos para la mente– donde dejamos los objetos que no queremos olvidar: las llaves, en el bolsillo izquierdo; el móvil, en el derecho; o la gimnasia, los miércoles por la tarde.
Eduardo Punset
domingo, 12 de julio de 2009
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